24 de junio de 2026
Un motivo musical es un gesto que concentra la mayor cantidad de información posible en una célula, una mínima relación entre alturas o tensiones. Para componer una obra se requiere de ese pequeño susurro al oído, destello de idea o trabajo exhaustivo de creación que se pueda repetir, expandir o mutar.
Así funciona también la sensibilización neurológica: opera mediante una pequeña progresión algorítmica en bucle que se incrusta en la base de mi cráneo y que comparte los mismos canales de flujo de señal, alterando mi día a día y sin poder pedir tregua: como un ardor, una tensión, un olor, una luz o un ruido. Es una composición cuando brota el episodio de dolor, transformado ahora en una sinfonía en la que cada nueva aparición en la semana es un movimiento nuevo; un fenómeno imperceptible para los manuales médicos.
Para la Psicología de la Gestalt, la mente necesita ordenar y agrupar lo que está sucediendo, por lo que ahorra energía creando una Figura sobre el Fondo. Es por eso que en música la repetición toma un lugar muy importante: esa célula diminuta se reitera o se transforma sobre estructuras más amplias; al captar esa semejanza, la mente le da sentido a la obra para que deje de ser solo ruido extenso. El perceptor no se pierde en el flujo del tiempo, sino que escucha cómo este se modula, cambia de instrumento, de altura o de textura.
Esta exploración se hace evidente, por ejemplo, en la composición para cuarteto de cuerdas, disponible en esta página, en el Catálogo Musical. El gesto principal se va reiterando y mutando a tal punto que, después del concierto, el violonchelista me preguntó por una sección donde creía que estaba tocando en conjunto, pero era solamente el sonido que provenía de su arco. Esa insistencia durante la pieza le hizo escuchar la célula musical en los demás y no era así; es como si se hubiera quedado resonando en el vacío. Es exactamente lo que ocurre con la sensibilización central que experimento: se ha activado tantas veces que el cerebro la sigue reproduciendo de forma autónoma, y ahora es crónica.
En la mente, durante un episodio, el estímulo doloroso se reitera, se incrementa, se transmuta; entonces el sistema nervioso lo amplifica y recluta los músculos, reúne zonas del cuerpo y empieza el crescendo. Si la sensación se origina en la base del cráneo, se traduce en una tensión en el cuello, genera ardor en la entrada de las fosas nasales, altera el nervio óptico, produce pitos en los oídos. Todo sumado a ese estímulo como Figura y al desarrollo como Fondo, colonizando todo el cuerpo e inevitablemente buscando un clímax. Intentar frenarlo en ese punto es como pedir un silencio súbito cuando las trompetas y la percusión en una sinfonía están tocando tres veces seguidas el gesto principal en fortissimo y los cortan en anacrusa: sonará alguna pifia, inevitable por la energía con la que venían los músicos. Romper esa inercia corporal es casi imposible.
Por eso, para mí, componer durante una crisis o transformar la dolencia en música es mi ancla con la realidad. Intento hacerle un contrapunto a esas descargas ensordecedoras en mi cabeza, para así quitarle el monopolio y la sobre-estimulación a esa textura, que agota y secuestra los recursos de la corteza prefrontal, la zona reflexiva y consciente del ser humano. Mientras el entorno me exige ser productiva, ignorando el desgaste de mi cerebro sobreviviente, el dolor va por una autopista de alta velocidad, en tanto que el proceso creativo o la intención van con pasos cortos.
Entonces, ante esa imposición, las herramientas son pocas, pero al menos logro que el Fondo —en mi caso, el pedal de ardor que siento todos los días— cambie su textura a nivel granular. Cartografiar y entender el estímulo inicial me aporta un alivio ante la tormenta eléctrica. El dolor es un caos estructural que monopoliza y compone sobre el silencio de mi cuerpo, pero crear aporta un nuevo orden a esa partitura.