La danza como afectación: cartografía de un cuerpo.

10 de junio de 2026

La idea de estudiar danza contemporánea para hacer una composición de violonchelo y bailarina fue interrumpida cuando contraje una meningitis. El instrumento musical, al posarse sobre el pecho, transmite una vibración directamente a los huesos del intérprete y yo quería transferir ese impulso físico. Empecé escribiendo unos gestos donde el eco del violonchelo se propagaba al cuerpo de la bailarina; entonces inicié mi entrenamiento para entender y controlar mi propio cuerpo. Sin embargo, tras una caída en clase, me realizaron una punción lumbar en la zona del dolor; ese procedimiento se convirtió en la puerta de entrada para la bacteria Pseudomonas.

Deseaba, a través de la danza, entender el movimiento del cuerpo para traducirlo en una partitura. En ese entonces no tenía elasticidad, una cualidad que se desarrolla con la respiración y con la repetición; procesos que, aunque causan dolores, me recuerdan mi anatomía. Ahora, con el embobamiento que siento en mi cabeza como secuela de la meningitis, percibo mi entorno con un pensamiento a menor velocidad, donde cada sentido, cada tejido y la misma piel se sienten más expuestos y vulnerables, porque el cuerpo pierde su transparencia. El aire que normalmente agita el pelo al viajar en carro con la ventana abierta, lo percibo de forma individual: el viento mueve una hebra y roza mi cara, produciéndome incomodidad y reconocimiento del lugar que ha sido tocado. Mi cuerpo registra el aire, su peso y el residuo de cualquier movimiento.

Debido a la sensibilización extrema que me ha impuesto esta enfermedad, la vista ahora acompaña mis movimientos con una potencia al cien por ciento. En algunas coreografías, a veces la mirada se separa del gesto corporal; pero al inicio del aprendizaje de una secuencia, los ojos siguen ese movimiento —ya sea hacia los dedos, los pies o en un giro— porque estos calculan la distancia. Cuando los ojos se mueven, los nervios craneales controlan estos músculos para llevarlos a sus extremos y así notar dónde terminó la trayectoria de alguna extremidad. Este recorrido de ida y vuelta lo siento como una tirantez irradiada. En un cuerpo sano eso no se percibiría; es más, los sentidos serían la extensión del movimiento que se está realizando. Este desplazamiento extremo de la mirada genera en la base del cráneo una tensión mecánica real que me detona el dolor.

A causa de esa tensión, el resto de la estructura busca su propio pulso: en la respiración, el ensanchamiento de las costillas tiene el mismo tempo de la melodía que se está interpretando, las articulaciones se desplazan rítmicamente apenas unos milímetros, y el mapa mental o cartografía de mi propio cuerpo también se altera. Así, la danza sí es una afectación a esa vibración que ahora habita constantemente en mí, porque es el residuo de todos mis movimientos pasados y la preparación de mis movimientos futuros; entonces, la quietud no es una ausencia del todo.

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