8 de julio de 2026
Preparar mi cuerpo hipervigilante me hace crear un ritual que requiere un calentamiento previo, enfocado en el trabajo de los pies, las piernas y la movilización de la columna. Realizo entre diez y quince repeticiones por cada movimiento. Luego del ejercicio al aire libre, hago estiramientos manteniendo cada postura entre veinte y treinta segundos con un conteo consciente.
En mi caso, al trotar existe un doble rebote. El primero es el impacto de todo mi cuerpo generado por la gravedad contra la resistencia del pavimento. El segundo ocurre en los nervios (el trigémino y el vestibular) que reciben ese choque como un eco eléctrico, amplificando la vibración de mi entorno.
Mi cuerpo está registrando la resonancia que se genera con el movimiento de mis pasos en el asfalto. Empleo el trote suave y lo alterno con unas vueltas corriendo, pero al desacelerar, percibo meticulosamente un eco sensorial de aquella meningitis, manifestado como unas ondas que entran por los pies y recorren mi organismo hasta llegar a la masa encefálica, donde las vías neuronales lanzan señales con errores de cálculo hacia el cuello y el rostro.
Entonces debo aplicar la neurociencia para reeducar mi dolor: mi cerebro sabe que al trotar estoy en alerta, como si tuviera en la piel sensores o micrófonos con la potencia al máximo; paralelamente, se produce una respuesta fisiológica normal: el corazón se acelera y el cuerpo libera cortisol y adrenalina. Sin embargo, mi mente predice erróneamente que el movimiento repetitivo es un peligro y envía una señal de ardor punzante. Pero sé que estoy a salvo porque no estoy corriendo una maratón, sino simplemente en una cancha de cemento, rodeada de naturaleza frente a mi casa.
Para evitar esa hipersintonización con el entorno, necesito desactivar la respuesta de amenaza del cerebro ante estímulos como la luz del sol, el viento y el roce en la piel. Al ponerse a la defensiva, mi sistema anticipa cada movimiento de la anatomía. Esta reacción en cadena activa una tensión protectora en los músculos del cuello. Justo en la base de la cabeza emergen los nervios craneales que se distribuyen hacia el resto del cuerpo, encendiendo alarmas en todas las direcciones.
Se vuelve imperativo usar una respiración profunda y rítmica, que sirva como ancla para romper el bucle de la anticipación. Mientras troto, recuerdo que no tengo fiebre ni una infección y que mi cabeza no pesa. Esta práctica no tiene por qué ser un sometimiento ante las sensaciones; no estoy en una carrera, sino en una negociación introspectiva. Acepto ese rebote doble y la vibración del entorno, para poder modular, desde lo sutil, las alarmas por error de mi sistema nervioso central.