Cicatrices en bucle y heridas sin sangre: los sesgos de la medicina

19 de agosto de 2026

Vivimos como seres fragmentados: si vamos a urgencias o a una consulta general, dividen nuestro cuerpo hacia un urólogo, un cardiólogo, un odontólogo. En ocasiones, si nos validan, nos remiten a un internista cuando un síntoma se despliega por varias zonas. ¿Cómo funciona el modelo de la medicina tradicional? Los protocolos están diseñados para encasillar masivamente a los pacientes. Pero esa simplificación segrega las enfermedades por especialidades.

Rara vez se cruzan mundos como infectología y neuropsicología en una sola etiqueta, porque los sistemas de salud persiguen categorías universales. Todos tenemos singularidades biológicas. Se ignora la trayectoria única del paciente. En mi propia experiencia, la medicina priorizó erradicar una bacteria; en cuanto los exámenes resultaron negativos para microorganismos, mi expediente quedó archivado. Sin embargo, las secuelas que derivaron de la enfermedad jamás pudieron dimensionarse.

El síntoma pasa de ser costoso, incómodo y aún más doloroso a ser desestimado como algo subjetivo. Entonces, de las redes que conforman el cuerpo humano, se observa solo una X en la esquina superior derecha de la columna del archivo de datos. Pero me vuelvo a preguntar: ¿cómo se codifica en este modelo que el trauma dejó una huella en la red neural del cerebro, una señal de peligro en bucle que altera el procesamiento interno de la realidad misma?

Apenas se está empezando a crear una conexión entre una cicatriz orgánica pasada y una respuesta funcional presente. A veces la reacción del cuerpo es multisistémica y ahí queda en vano un formulario. La enfermedad actúa en el cuerpo como una estructura musical: en una sonata para piano, de repente la mano izquierda cruza por encima de la derecha para percutir unas octavas en el registro agudo, incisivas y punzantes, que durante diez minutos no vuelven a sonar. Después aparecen las octavas yuxtapuestas hacia el final del desarrollo. En el segundo movimiento, este gesto musical es el eje central de algo que parecía ser un material sin exposición en el primer movimiento. Y termina apareciendo nuevamente en el tercer movimiento como cierre de la obra, en octavas paralelas no percutivas sino abiertas y ligadas. Así opera la secuela: un evento musical aislado y archivado que toma fuerza en el futuro.

Pensemos en un médico de urgencias en estos momentos en Colombia que atiende a una joven de quince años con un daño irreversible en su ojo izquierdo por la caída de una estructura metálica durante el terremoto, y a la vez a un hombre que se presenta cubierto por polvo de escombros con contusiones múltiples, pero en estado de shock porque acaba de perder a su hijo. ¿En qué casilla va ese padre? La paciente es dada de alta con analgésicos, un esquema de curaciones y un diagnóstico de traumatismo ocular y facial. Para los dos, el sufrimiento está en una escala de diez, pero el sistema de salud es incapaz de encasillar dos tormentos que convergen en una sola red neural: uno es un dolor físico y el otro un dolor visceral, y en ambos el mapa del cuerpo y la amígdala cerebral (generadora de estados funcionales) encienden exactamente la misma alarma biológica. El miedo a la caída de escombros y el trauma por la ausencia empeoran sus recuperaciones, demostrando que cuerpo y emoción comparten los circuitos de procesamiento. Intentar fragmentarlos es solo una negligencia institucional.

Tanto ante el síntoma agudo como tras el sismo, la biología humana entra en hipervigilancia. Alterado por una sensibilización continua, el sistema nervioso percibe los movimientos cotidianos como amenazas o como réplicas. Sobrevivir a un trauma nos confronta con la realidad que habita dentro del cráneo, donde el cerebro libra una batalla campal entre el estímulo presente y sus predicciones de peligro. Por eso, el dolor no se apaga porque se cierren las laceraciones en la piel ni porque se apacigüe la conversación interna: solo se comprende la dolencia al aceptar que tiene múltiples capas imposibles de protocolizar.

El sistema de salud está colapsado en estos momentos. Pero es ahora cuando se deben construir puentes interdisciplinarios, o nos estrellaremos en pocas semanas con pacientes con cicatrices físicas y heridas invisibles a la intemperie.

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