Estructuras orgánicas con un lenguaje faltante.

5 de agosto de 2026 

Extraer de la oscuridad las dolencias o los síntomas y darles una forma verbal entendible no es una tarea fácil, y más si estamos en pleno pico de dolor, porque muchas veces elegimos la consulta general y no urgencias, cansados de las salas de espera.

Pero en ninguno de los dos escenarios contamos con el vocabulario para explicarnos —o tal vez la terminología, sencillamente, no existe—. La literatura médica y neurocientífica explica el dolor desde una perspectiva teórica, distante de la vivencia multidimensional del paciente. Por eso se recurre a hacer analogías con las cosas que a nosotros, los pacientes, nos parecen más cotidianas.

El lenguaje apareció para describir las cosas fuera del cuerpo —lo que ven los ojos, el entorno—. Entonces, a la hora de describir un proceso interno nos topamos con dificultades de léxico. Palabras como dolor, ardor, picada o corrientazo son categorías generales para describir sensaciones de un universo interno, como la irritación de un nervio, la incomodidad que produce el movimiento de un ojo, el sobresalto por sonidos agudos, o una sensación de electricidad en la pierna. 

Es como tener la sección de cuerdas de una orquesta tocando pizzicato: los primeros y segundos violines, las violas, los violonchelos y los contrabajos, superpuestos en registro medio, donde sus armónicos se enmascaran de tal forma que no logramos distinguir cuál de los instrumentos hace la repetición de una nota. Solo sabemos que, de toda la orquesta, hay una cuerda insistente que termina sobresaliendo.

Existe un sentido interno —la interocepción—: la capacidad del sistema nervioso de monitorear lo que sucede en todo el cuerpo. Aunque la mente se equivoque al ubicar el origen exacto, al menos apuntamos a la zona o a la autopista por la que viaja esa dolencia —una vivencia estrictamente intrapersonal—.

Señalar con nuestras manos dónde duele es la primera reacción que tenemos. Sin embargo, no entendemos la arquitectura bajo la piel porque en las escuelas aprendimos los distintos sistemas de forma aislada. Olvidamos que la molestia podría no provenir de ese sitio que mostramos, sino de un punto de control más alto.

Ocurre además algo profundamente frustrante: cuando las imágenes diagnósticas o los exámenes no logran identificar lo que el cuerpo grita con señales. Pareciera que todo está en nuestras cabezas y nos tildan con palabras crudas como invención, estrés o exageración. Entramos entonces en un juicio donde debemos probar algo que es intangible —solo porque estamos respirando frente a ellos o porque no es una herida sangrando—.

Intentar traducir esas molestias internas entre quince y veinte minutos es una labor monumental, porque la consciencia construye una imagen abstracta de lo que sentimos: una vivencia tan privada que, en ocasiones, resulta casi imposible de mostrar a un tercero.

Siendo estructuras orgánicas delimitadas por este sistema, podemos hacer una denuncia pública por cómo transcurren las consultas médicas por la EPS. La escucha es superficial y dentro de los parámetros de un sistema cerrado donde se teclea lo básico, lo más fácil y palabras concretas como: 

“no refiere, niega, no aplica, sin alteraciones, ninguna, no, no, No…”

En algunas ocasiones el sistema de salud se queda corto y se siente deshumanizado, porque la consulta parece solo un papeleo. Frente a una población mundial donde los índices de dolor no paran de crecer, el personal de salud debe lidiar con formularios rígidos y con salarios que no son los adecuados. Pero ¿realmente escucharon y notaron dónde dolía? Es un derecho fundamental ser atendido bien, y hacer valer nuestra voz es la única autodefensa frente a la enfermedad. Conocer nuestro cuerpo es ahora la tarea diaria; la única forma de llegar a la próxima consulta con las herramientas que el sistema no tiene.

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