Sentías algo punzante que te atravesaba el abdomen hacia el lado izquierdo. Debías parar y acurrucarte para aguantar ese momento. Tu padre te alzaba en sus hombros porque parecía que te faltaba el aire: tenías bazo.
Comúnmente se acusa de forma errónea a esta víscera, pero es un dolor transitorio, no es un órgano enfermo. La respiración era superficial, desordenada para un diafragma pequeño trabajando a gran intensidad; el flujo sanguíneo provocaba un leve espasmo: una estocada. Con el paso de los años, la respiración al caminar se automatiza.
Al trotar sobre el asfalto, si no coordino e impongo un ritmo constante para respirar, aparece de nuevo esa molestia en el costado. Inhalo en dos pasos, exhalo en los otros dos. Cuando no logro hacer que desaparezca, debo graduar el rebote o parar por completo el ejercicio. Sucede una respuesta en cadena: el diafragma cambia su movimiento fluido, se contrae y expande de forma torpe, y el peritoneo entra en un vaivén por las oscilaciones de los órganos; los nervios aferentes de esa zona envían la señal de alarma al cerebro, manteniendo el espasmo y traduciéndolo en aquella punzada.
En Colombia se le conoce como «dar bazo», según la cartografía de donde señalaba que dolía. Pero el diafragma es un músculo en forma de domo, en su lado derecho, de gran volumen, se encuentra el hígado, que le da sujeción y control postural. Al lado izquierdo está el bazo —pequeño y móvil— y el estómago que cambia su tamaño según lo que se consuma; una zona sin una estructura rígida y con ramificaciones del nervio vago y los plexos viscerales distribuidos hacia la curvatura gástrica.
Es la asimetría y la arquitectura la que nos señala ese lugar. El pulso cardíaco al trotar está en ciento veinte pulsaciones por minuto. El segundero del reloj marca un tempo de sesenta, articulando la palabra Luz; al decir Lu-ces, ahora cada sílaba es ciento veinte, al doble de la velocidad inicial. La pianista está con el índice sobre la nota Do haciendo en el piano Luz, Luz; luego se une el dedo corazón para hacer los sonidos Do-Re y pronunciando Lu-ces, Lu-ces. Durante un largo rato va en ese trote constante, pero se distrae por los ruidos del entorno: la respiración cambia, uno de los dos dedos se acelera y el tempo se siente truncado. La variación y la fluctuación rompen la simetría binaria e imponen una polirritmia: el pulso se divide en cinco partes y la mano izquierda irrumpe en el piano con un quintillo: Lu-mi-no-ci-dad (Do-Re-Mi-Fa-Sol), mientras la mano derecha intenta sostener como estructura rígida y automatizada el pulso de ciento veinte. La punzada aparece con un sforzando en la sílaba —ci—. El ritmo orgánico se rompe, la falla biomecánica aparece y regresar de golpe es imposible: se debe reiniciar de nuevo.
La falta de aire y el abatimiento que percibía de pequeña, presagiaban la respuesta del síncope vasovagal. El nervio vago y las conexiones nerviosas convergen con el par frénico en la zona del diafragma, el estómago, el peritoneo y las vísceras abdominales. Esa estocada desencadenaba un estímulo que producía el decaimiento de la frecuencia cardíaca y la presión arterial, dando como resultado esa necesidad de querer detener todo en un instante.