Construir un discurso coherente cuando la cabeza atraviesa oleadas de todo es una contienda. La conversación se inhabilita; la mente se ve forzada por el mandato somatosensorial que multiplica los cuartos. Yo solo necesito uno.
El cerebro es la sede física del raciocinio y se encuentra bajo ataque cuando existen estímulos ininterrumpidos, cada uno operando al cien por ciento. Estoy en un lugar desplazada por mi propia biología, sintiendo la presión y escuchando el ruido de la puerta de al lado. La situación se concentra en dos habitaciones porque el tálamo y la corteza dividen el procesamiento: en una, mi propio ser intenta representar e interactuar con el mundo; en la otra, impera la presencia constante del dolor-ardor de cabeza causado por el bucle de oscilación patológica. Esta última es el cuarto principal, el más amplio y ubicado en primer plano absoluto; mis ideas y mi cotidianidad quedan apartadas a la habitación contigua.
La corteza cerebral, encargada de la atención, la planificación, la percepción y el lenguaje, se halla acorralada por la señal de dolor. A esto se suma que en el espacio principal se ramifica el nervio trigémino, responsable de la sensibilidad facial. Esta saturación bioeléctrica secuestra la modulación sensorial: el eje talamocortical prioriza la alarma interna y margina a un segundo plano el pensamiento, que intenta escurrirse por las fisuras de la red sin lograr articular una frase. Si el síntoma se situara en un área corporal visible, existiría la posibilidad de lejanía. Pero no hay distancia: se habita en él.
Esa alarma permanece atascada. Por eso, al intentar tomar conciencia de la realidad y responder una pregunta sencilla, solo emerge un «¿qué?». Las palabras y los sonidos que me rodean son malinterpretados como si estuviera tras las líneas enemigas.
Pensar duele. Tras una crisis de quince horas, al cerrar los ojos, me encuentro frente a la falla del sistema —una conversación interna agotadora—, pues no existen pensamientos capaces de desalojar ese espacio de forma instantánea. Solo resta convivir con esa señal como si habitara otra persona en mi cabeza. Sin el mando de las operaciones básicas, continúo en el vaivén con el cuerpo en el filo del acantilado.
La respiración es una herramienta de doble desenlace: regula y estabiliza si se mantiene superficial; pero si traspasa el límite por completo, la corriente de aire por los senos paranasales y la laringe se transforma en un derrumbe de piedras que el cerebro asume literalmente.
Vivo con sigilo en la penumbra del cuarto, hundida y anulada. Entiendo por qué se pierde la hilación durante la crisis: el resultado es una soledad paradójica donde la mente sostiene un ruido interminable. Estoy allí, en ese espacio, ejecutando en el violonchelo una escala Sol-Sol#-Si-Do#-Re#-Fa-Fa#-Sol incesantemente. El último semitono —de Fa# a Sol— es inalcanzable; una desviación milimétrica en la postura del dedo sobre el diapasón distorsiona la resolución a la tónica. En el entramado armónico, los sonidos ejercen una fuerza de atracción que los conecta; la sensible requiere afinarse ni muy baja ni muy alta, sino en su frecuencia exacta hacia la octava. El reto es el descenso: al ser una escala con un semitono al inicio y otro al final, se produce un bucle que impide la consonancia de reposo.
Constato que ante las crisis, el entorno no es digno para la atrocidad de bruma que sufre mi cabeza, así como el sistema de salud tampoco está cerca de sostenerla en sus instalaciones. Existe, entonces, una aversión al responder. No es una rendición: es la barrera defensiva, un síntoma biológico ante el dolor lacerante.