El bisel de una pequeña aguja perforó la piel cuatro veces. Cedió al empuje de sus manos en las hendiduras intervertebrales de la región lumbosacra. Infiltró anestésico local y arrastró un germen oportunista. Su proliferación voraz, tóxica se desató en el espacio subaracnoideo, una autopista abundante en glucosa y proteínas, con una escasa respuesta inmunitaria. Durante la consulta, él inoculó la bacteria hidrofílica Pseudomonas, profanando el santuario del líquido cefalorraquídeo. Hoy, mi experiencia como paciente resiste en el libro Describir un dolor de cabeza. Esta memoria no es una anécdota: es una investigación rigurosa y sostenida.
Registra uno de los dolores más severos en un ser humano; no existe traducción posible para describirlo. La inflamación de las capas que recubren el cerebro lo comprimía de forma asimétrica y la hidrocefalia bloqueaba los drenajes en un cráneo inflexible, asediando hasta la conciencia.
El ataque me despertó once horas después de la terapia neural. En su embestida, mi organismo activó el proceso de nocicepción: un recorrido simultáneo de trenes de impulsos eléctricos, con alertas de daño inminente a través de la médula, el tronco encefálico y el tálamo. Estalló en la corteza: una colisión que azotó el cuerpo. Necesitaba que me arrancaran los dientes. Me apretaba con violencia las encías ante la agresiva variación de volumen de cada globo ocular ardiendo.
Así operó la negligencia del sistema de salud: agonicé en casa seis días sin antibióticos ni analgésicos, «pagando con creces las consecuencias del tiempo de oro postergado». Los hospitales de Ibagué, aun con rigidez de nuca y fiebre de 41 °C, me degradaban a Triage III: una infección urinaria o «estrés juvenil».
Estuve casi un mes hospitalizada con infusión continua de meropenem. Representaba un riesgo biológico y el mundo exterior era la otra amenaza: las compuertas de los filtros fallaron y quedé confinada en aislamiento estricto. Rechacé el coma inducido para no enfrentar de nuevo a esa colonia exponencial de «falsas células». Exigí estar consciente y en control absoluto.
En el transcurso de esos seis días en casa, sobreviví con la música como anclaje: un orden al caos que activó redes de procesamiento central que compiten con el dolor. Al monopolizar el ancho de banda neurológico, logró modular el colapso cognitivo ante la invasión de las membranas meníngeas. Cuando la Secretaría de Salud llegó a mi habitación para indagar dónde y cómo me había infectado, mi hermana formuló la denuncia.
Realicemos hoy una semiología, de arriba a abajo, de esta secuela: incomodidad al mover el pelo. Cefalea punzante y palpitaciones que cruzan la cabeza en diagonal hasta el cuello. Dolor ocular y fotofobia. Quemazón en los senos paranasales, junto al fastidio implacable con los olores y sabores. Estremecimiento ante los sonidos. Presión en encías, mandíbula y garganta. Mareo y cambios de temperatura extremos. Y el peor de todos, el ardor: en el fondo del rostro y en las meninges al pensar. El código fuente de esa invasión reescribió la cartografía neurobiológica: descalibrando el tálamo, con sus umbrales profundamente averiados.
Bajo esta calibración, la topografía anatómica de los pares de nervios craneales que convergen en la base del cráneo y su respectiva nueva dinámica electroquímica, se organizan en un ensamble contemporáneo: un ejecutante a la izquierda y otro a la derecha por cada tipo de instrumento, siempre tocando los dúos al unísono, en pianissimo y en su registro más grave (a excepción de las trompetas). Una masa de tres notas (Re#-Mi-La#) distribuidas entre las tubas, los contrabajos y los trombones y la percusión de membrana con trémulos de semitono descendente, donde no existe un tempo: «cabeza». Los oboes producen cuatro sonidos largos (Fa-Mi-Sol#- Sol) y los cornos ingleses intentan gobernarlos con un gesto en cualquier altura, ambos instrumentos mediante vibración de garganta e interrumpiendo el flujo: «los ojos». Los clarinetes bajos se presentan con un material de dos tonos (Si-La#) en glissandos microtonales descendentes, mediante subdivisión de cualquier pulso y fluctuaciones de volumen: «la nariz». Las trompetas con sordina y sobrepresión en la embocadura emiten dos notas (Re-Do#) abiertas descendentes y ascendentes en registro medio: «los oídos». Los violonchelos articulan tres sonidos (Si-La#-La) en pizzicato y muy percutivo: «la mandíbula». Los violines exponen una insistencia de ráfaga descendente, repitiendo aceleradamente a modo de zumbidos todos los tonos que logran captar a su alrededor: «el cuerpo». Y, en el fondo de todo este tejido, un pedal de dos alturas (La-La#) entre los timbales orquestales: «ardor».
Hace once años, la meningitis bacteriana por Pseudomonas alteró los circuitos talamocorticales, fijando un bucle de alerta. Cada instante ejecuto la composición de una simulación interna: ni la medicina ni ocho neurólogos han descifrado cómo apagar o modular ese pedal.