El segundero de un reloj es el pulso: tempo 60. El índice, involuntario, se contrae por el tic-tac. Un platillazo en fortissimo. Se condensa la fricción en el registro más grave: arcadas largas sobre el contrabajo (Do) y las láminas del vibráfono (Do#-Re) desatan los batimentos. La mano derecha ahora marca el tempo, la izquierda se acopla pero rebota, duplicando la pulsación. A destiempo, un latigazo metálico. La aceleración es el latido cardíaco tras la punzada violenta: un destello en el punto focal que se desborda y desencadena la actividad electroquímica en los nervios hasta las neuronas. El motor del vibráfono hace temblar sonido y cuerpo. Los batimentos, interferencias de frecuencias muy próximas, son la traducción de la asimétrica presión pulsátil: la señal eléctrica de dolor de cabeza que viaja a través del nervio trigémino al tálamo. El cráneo es la caja de resonancia.
Esta simulación interna sucedió donde convergen la creación musical y la neurofisiología de la percepción.
En esa bóveda, el cerebro interpreta el engranaje somatosensorial y opera por anticipación: orquesta en su instinto biológico primario una respuesta de alerta.
Desde esta premisa, concebir una composición sin músicos ni auditorio habita en las redes de ese «telar encantado», como bautizó Charles Sherrington al cerebro.
Este ensayo se convierte en las notas al programa de lo que experimenta la paciente; las palabras intervienen la lógica habitual de la escucha, pasando de la lectura previa de la obra a transformar el escrito en la partitura ejecutada en tiempo real. La corteza cerebral del lector es el conservatorio, el intérprete, la orquesta, la sala de conciertos y su público. Un acto privado bajo la batuta de su sistema nervioso, donde la activación de las redes espejo, el acoplamiento sensoriomotor y la imaginería motora materializan en la propia biología la tensión de la música.
Do-Do#-Re parece una palabra deletreada con acento en un idioma desconocido; el impulso de imaginar cómo suena activa la capacidad de réplica. Al evocar un vibráfono ocurre lo mismo: aunque su silueta sea difusa, su etimología es precisa.
La música es el lenguaje suficiente para descifrar y describir el dolor: esa señal que se manifiesta como arritmia o disonancia. Toda actividad cerebral posee una arquitectura espacio-temporal de patrones (frecuencias alfa o gamma), oscilaciones y alturas que configuran la partitura.
Segundo a segundo, el lector activa la masa sonora en silencio: ejecuta en su mapa cortical una descarga jamás experimentada. Esa simulación interna es el telar compositivo que funda nuevas formas de conciencia.